Meto ruido luego existo

Las noches empiezan a ser calurosas y apetece dormir con las ventanas abiertas, una situación que nos enfrenta de nuevo a un problema ambiental al que solo atendemos cuando nos molesta y, sobre todo, cuando lo causa otro: el ruido.

La contaminación acústica es un problema ambiental perfectamente serio y uno de los delitos contra el entorno y la salud de las personas que ha sentado a mas culpables en los juzgados, buena parte de los cuales están cumpliendo condena en la cárcel por agredir al entorno y a la sociedad con su ruido.

El origen de esta forma de contaminación es tan variado como sorprendente: ocio nocturno, tránsito de vehículos, obras o festejos entre muchos otros. En una parte importante de los casos el ruido se genera de forma inconsciente, sin el propósito de molestar ni ser consciente de ello. Una vez tuve un vecino encantador, muy respetuoso y educado, que sin embargo padecía una deficiencia auditiva severa y ponía la tele muy alta.

Hacía ruido sí, pero no era consciente de las molestias que causaba, y aunque reaccionaba de inmediato al avisarle pidiendo disculpas (mi dormitorio daba a su sala de televisión) al cabo volvía a subirla porque no podía oír las noticias. Al final mi vecino decidió trasladar la tele a un cuarto interior, más pequeño, alejado de mi dormitorio, con lo que ya no molestaba tanto.

Sin embargo me gustaría hablarles de otro tipo de ruidosos. Los que hacen del ruido una seña de identidad. Aquellos que viven instalados en el estrépito y podrían resumir su pensamiento filosófico en un célebre aforismo que han transformado a partir del original: meto ruido luego existo.

Hace tiempo tuve ocasión de entrevistar para un programa de televisión sobre contaminación acústica al propietario de una tienda de motos. Me contó que en más de una ocasión le había tocado atender al típico padre que acudía con su hijo adolescente a comprar un ciclomotor y que, tras probarla, se quejaba de que la moto “no petaba” lo suficiente. Es que el ruido del tubo de escape no puede superar el nivel que marca la ley -le había respondido el vendedor- a lo que el comprador replicaba pidiendo que se lo cambiaran. El vendedor se negaba, perdía un cliente y al cabo de unos días veía al chaval reventando los tímpanos de los vecinos a bordo de su flamante ciclomotor trucado y equipado con un tubarro ilegal, para que todos supieran que el chaval tenía moto nueva: meto ruido luego existo.

En la calle peatonal del pueblo vive la abuela de un joven que acude todos los sábados por la tarde a visitarla bordo de su coche, con las ventanas abiertas y la música a todo volumen. El ritual es siempre el mismo: el tipo llega, cruza la zona reservada para las terrazas (el si que puede porque es vecino) y lo estaciona frente a la escalera de su abuela con las ventanillas bajadas, los amigos dentro y el chumba-chumba en marcha. Seguramente lo que mueve al joven es el noble propósito de visitar a la anciana para saludarla, no lo dudo. Pero sorprende que siempre sea a la hora en que las terrazas están repletas, con todas las mesas ocupadas y, o curiosa coincidencia, con el momento del día en el que las jóvenes del pueblo se reúnen para tomar un refresco y hablar de sus cosas. Meto ruido luego existo.

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